sábado, 8 de octubre de 2011

Y el alma sin más guardián

“Y el alma sin más guardián
Quiere volar, liberadas sus alas,
En el círculo mágico de la noche,
Para vivir profundamente mil veces”


Cae la noche como un jarro de agua fría. Lo que tendría que ser un alivio se convierte en agónica novedad. Al revisar aquella película en la que Benedetti es un viejo marinero seduciendo meretrices en un cabaret con la declamación de sus propios poemas en alemán, me doy cuenta de que no aguanto a nadie. Los primeros diez minutos con Grandinetti no son del todo malos. Pero las expectativas de ver uno de esos enormes pechos que mi torpe memoria recordaba, son defraudadas por una nada inquietante Nacha Guevara, que no es más que el contrapunto de un poeta de cartón piedra dentro de una historia que jamás he sido capaz de terminar por pretenciosa.
Las universitarias enamoradas leían a Cortázar porque era todo un caballero. Las enamoraba incluso una vez muerto. No sé si le imaginaban recitando con sus “erres” guturales. Pero las hubo que guardaron luto por su falta. Mis casualidades dieron a parar con sus huesos en un garito de Lavapiés con Silvio una y otra vez y el de Paso de los Toros entre mis manos para ensimismar a una joven abstraída en el tono grave de mi voz. Eran aquellos años de comunión con los estereotipos progresistas y de universidad los que olían a tabaco francés por la carestía y a ropa desgastada por tendencia. De nuevo aparece en mis oídos la dicción pausada y cargante del actor argentino y me retrotrae a noches de soledad en la casa familiar. Sin prestar atención al contenido de la obra envidiaba al personaje, ansiaba la ficción. Deseaba dejarme greñas y que la frente se me fuese despejando al mismo tiempo. Lo de la gabardina no era muy realista debido a lo incompatible de los guardapolvos con estaturas limitadas. Pero me propuse hablar en prosa poética a las mujeres para que la hipnosis de la lírica las fuera arrastrando a mi cama. Pero Madrid ya no dejaba lugar para la revolución intelectual y había empezado a hacer negocio de la cultura como de todo lo demás. En los mismos lugares coincidíamos los mismos vanidosos. Daba igual el origen. En un principio nos creíamos hermanos de un lugar común. Me aburrían, como siguen haciéndolo, las mismas caras. La única diferencia está en el paso de los años y en el relevo generacional. Unos vamos ocupando el lugar que otros dejaron y tratamos con el mismo desprecio que nos trataban a los que acaban de llegar a ocupar nuestro arrogante hueco.