sábado, 8 de octubre de 2011

Y el alma sin más guardián

“Y el alma sin más guardián
Quiere volar, liberadas sus alas,
En el círculo mágico de la noche,
Para vivir profundamente mil veces”


Cae la noche como un jarro de agua fría. Lo que tendría que ser un alivio se convierte en agónica novedad. Al revisar aquella película en la que Benedetti es un viejo marinero seduciendo meretrices en un cabaret con la declamación de sus propios poemas en alemán, me doy cuenta de que no aguanto a nadie. Los primeros diez minutos con Grandinetti no son del todo malos. Pero las expectativas de ver uno de esos enormes pechos que mi torpe memoria recordaba, son defraudadas por una nada inquietante Nacha Guevara, que no es más que el contrapunto de un poeta de cartón piedra dentro de una historia que jamás he sido capaz de terminar por pretenciosa.
Las universitarias enamoradas leían a Cortázar porque era todo un caballero. Las enamoraba incluso una vez muerto. No sé si le imaginaban recitando con sus “erres” guturales. Pero las hubo que guardaron luto por su falta. Mis casualidades dieron a parar con sus huesos en un garito de Lavapiés con Silvio una y otra vez y el de Paso de los Toros entre mis manos para ensimismar a una joven abstraída en el tono grave de mi voz. Eran aquellos años de comunión con los estereotipos progresistas y de universidad los que olían a tabaco francés por la carestía y a ropa desgastada por tendencia. De nuevo aparece en mis oídos la dicción pausada y cargante del actor argentino y me retrotrae a noches de soledad en la casa familiar. Sin prestar atención al contenido de la obra envidiaba al personaje, ansiaba la ficción. Deseaba dejarme greñas y que la frente se me fuese despejando al mismo tiempo. Lo de la gabardina no era muy realista debido a lo incompatible de los guardapolvos con estaturas limitadas. Pero me propuse hablar en prosa poética a las mujeres para que la hipnosis de la lírica las fuera arrastrando a mi cama. Pero Madrid ya no dejaba lugar para la revolución intelectual y había empezado a hacer negocio de la cultura como de todo lo demás. En los mismos lugares coincidíamos los mismos vanidosos. Daba igual el origen. En un principio nos creíamos hermanos de un lugar común. Me aburrían, como siguen haciéndolo, las mismas caras. La única diferencia está en el paso de los años y en el relevo generacional. Unos vamos ocupando el lugar que otros dejaron y tratamos con el mismo desprecio que nos trataban a los que acaban de llegar a ocupar nuestro arrogante hueco.

jueves, 16 de diciembre de 2010

EL HIPOTÉTICO TAMBALEO DEL SISTEMA O EL PECADO DEL “ROMPECONDONES”



Siempre hay dos maneras de hacer las cosas. La correcta y la óptima. En raras ocasiones coinciden los dos supuestos. Y si una extraña suma de casualidades lo permite ya habrá alguien que se encargue de recordarnos que no estamos en lo cierto. Curiosamente ese “alguien” suele estar involucrado en los acontecimientos de un modo u otro. En estas últimas semanas ha tomado principal protagonismo en los medios un hombre que llegó de las islas de los convictos expulsados del corazón del imperio. Como un raro Mesías arribó cuando todo parecía perdido. La sociedad moderna vive adocenada por el dictado de un sistema neoliberal heredero de las agresivas políticas engendradas en los ochenta (Reagan ,Thatcher) y perfeccionadas desde Bush, Bush jr. y el séquito de éste último. Prima la política de la ocultación. Los Estados periféricos son controlados por la metrópoli. Los casos alternativos son una amenaza que se envilece una y otra vez desde los medios afines al poder monopolista. Y la ciudadanía es un concepto que ha perdido la importancia y la identidad que tuvo en el pasado. En eso consiste el éxito de la remodelación neoliberal. Se entretiene al individuo. El término ciudadanía ha sido paulatinamente sustituido por el de clientela. Los gobiernos funcionan al dictado de una enorme red económica y comercial cuyas riquezas siempre se concentran en pocas manos. Esto ocurre a todos los niveles administrativos. Desde nuestro ayuntamiento hasta las naciones más poderosas. La invisibilidad es su mayor característica. Y cuando ésta es imposible se nos vacuna contra lo escandaloso y lo masticamos frente a nuestros televisores con la inmunidad adquirida, como Dios manda. Las guerras preventivas, las crisis económicas, los escándalos políticos, … Todos adoptan la naturalidad que la medicina sintomática quiere que tomen. Mientras tanto seguimos viajando a los lugares que anuncian los carteles en las fachadas, compramos en los grandes centros, nos casamos como en las películas, trabajamos donde podemos y ganamos lo que ellos dicen que nos corresponde.


En contadas ocasiones se destapa algún que otro escándalo que nos separa la espalda del respaldo del sillón. Lo comentamos con los allegados sin que la sangre llegue al río y nos volvemos a acomodar. Lo que ha ocurrido con Julian Assange va más allá. La gente no leía prensa, no veía televisión crítica ni oía radio porque estos medios eran tan militantes y, en ocasiones, de forma premeditada, resultaban tan distantes que no eran atractivos, salvo si eran sensacionalistas o nos daban la razón en un pensamiento que previamente ya había sido instaurado en nuestros cerebros por medio de las antes citadas vacunaciones masivas. Formaba parte del remodelado sistema. Todos se apuntaban al mismo método. Detrás de un gran político o de un gran empresario siempre había un asesor de imagen. Y, del mismo modo, detrás de un gran ideólogo y de un gran empresario, siempre había un gran político. El rompecabezas estaba completo. Sólo era necesario ensamblar la máquina y abrir las puertas. Los coches, los pisos, los móviles de última generación se venden solos. Pero hasta llegar ahí habían sucedido muchas cosas. La aldea global no deja de funcionar. Los remotos confines de la misma están más cercanos que nunca porque toman parte en el negocio. A nadie le parece mal porque no lo ven. Para llegar a esto han ocurrido cosas que aparentemente no están relacionadas. Pero Julian Assange se ha dedicado en los últimos cuatro años a descubrirnos documentalmente que nuestras sospechas son ciertas. Desde el café que tomamos por las mañanas hasta el combustible que llena los depósitos de nuestros vehículos, pasando por las tarjetas de crédito y todas esas cosas que nos hacen la vida mucho más fácil, están manchadas de la sangre de gente que nos importa un pito. También están manchadas estas cosas por la sangre de muchos otros que quisieron contarnos esas incómodas verdades. Si al imperio le incomodaba algo de la periferia se hablaba con sus administradores y estos, muy sumisos, obedecían al dictado de la mano que les da de comer. Si los EUA notaban que su industria cinematográfica o discográfica sufría pérdidas se recomendaba la Ley Sinde y problema solucionado en el país donde los europeos hablan como mejicanos. Y si alguien grababa la barbarie necesaria que garantizaba el control de los lugares incómodos se le pegaba un tiro en la cabeza y arreglado. Llegados a este punto recordamos a Kapuscinski y definimos lugar incómodo. Simplemente es aquel que se interpone entre nuestros intereses comerciales y nuestros clientes. Para dejar de serlo sólo hay que estar conforme con esta relación, tan antigua como el mundo. Generalmente son fáciles de domesticar. Todo el mundo tiene un precio. Hay otro caso mucho más directo y es el de traerlo hecho de casa. Véase la historia de América latina y nos hacemos una idea de esto.

Pero como el destino es un niño caprichoso ha permitido colarse en casa a un huésped muy, pero que muy incómodo. A través de uno de esos inventos controlados por el sistema, el periodista australiano se ha servido de la red para hacer tambalear los rígidos cimientos de la sociedad en la que vivimos. Esto, en el pasado sonaría apocalíptico. En este caso supone una bofetada de aire fresco para todos aquellos que, como yo mismo, habíamos perdido la fe en el hombre y en su capacidad para transformar su entorno frente a los elementos. Aparece como un ungido que descubre todo aquello que no queríamos creer. O que, si lo creíamos, era de un modo pesimista con respecto a la posibilidad de que esos hechos vieran la luz alguna vez. Lo que más me gusta de todo esto es la torpeza con que, a priori, el sistema se enfrenta a tan serio enemigo. Assange abre todas las famosas puertas del campo. Una y otra vez los medios del sistema se ponen en su contra. Sólo han sido capaces de acusarle de confabulación con los delatores, como si eso quitase importancia a los hechos que se juzgan. También se le ha juzgado por abalanzarse a dos colaboradoras de su propia casa (wikileaks) y haber roto los condones en el acto sexual. Se le condena al pago de cientos de miles de euros por un accidente sexual que huele a podrido. Assange promete seguir dando guerra. No sabemos si lo cumplirá, si el sistema conseguirá frenarle, si su intencionalidad seguirá virgen, como hasta el momento o si las artimañas legales pondrán fin a tamaño acontecimiento. Pero hemos de quedarnos con la sensación de que lo que a un hombre le hace hombre es la conciencia de su propia libertad. La capacidad de elección y de decisión frente a la carestía cultural debería ser una razón más que suficiente para creer. No hay opiniones porque no son necesarias. El calado de lo que la página Web a sacado a la luz se define por si solo. Como ocurre cada cierto tiempo con la publicación de los famosos archivos secretos británicos, que descubren las propias vergüenzas del Imperio, Assange lo ha hecho con la familia entera y actualizando los hechos, ya que en el primero de los casos el escándalo no es tal por lo que de anecdótico tiene el hecho en si. Esto va más allá. Los instrumentos y la mala praxis de todos y todo aquello en que diariamente depositamos nuestra confianza, nuestra vida y nuestro dinero, se desmiembra ante la insolencia de este entrometido. Se intentará abominar el hecho de que rompa condones y suelte su semilla y sus excrecencias íntimas sobre las pobres colaboradoras suecas. Se le intentará relacionar con fraude fiscal o, simplemente, se procurará demostrar la falsedad de sus documentos. Por fortuna los informantes lo hacen desde dentro. ¿Podría la sociedad del año 1974 imaginar varios Watergate a la vez si ya uno sólo consternó a toda la sociedad norteamericana? Seguro que no. Pero lo sorprendente es que la actual, a pesar de contar con un entramado de información infinitamente superior al de entonces tardará más en entender el calado, la importancia de este hecho. Es como descubrir a un niño el secreto de la Navidad. Decepcionante.


Me preocupa, no obstante, que el mundo sea protagonista de sus propia historia y, del mismo modo, sea incapaz de modificarla de un modo que no sea el que ha asumido hace tiempo. Lars von Trier en 2005, en su obra Manderlay, comparaba la inamovible voluntad de los tópicos en un grupo de esclavos negros del sur estadounidense, con lo que ocurría en Iraq en esa misma época. Tenían el sistema que tenían porque nunca habían sentido la necesidad de rebelarse contra él. La gente en Iraq se oponía a la imposición de un nuevo sistema, simplemente porque pervertía aquel al que estaban acostumbrados y porque la novedad no era garantía de mejoría ni de seguridad. ¿Será eso lo que nos ocurre a nosotros ante tamaña novedad? No somos capaces de digerir una novedad de estas dimensiones. Resquebraja nuestro basamento. A pesar de que los hay que se atreven a asegurar que el Estado de Bienestar se muere, no con profética intención sino con contrastada seguridad en el éxito de su cruzada, lo cierto es que el sistema nos ha generado tal seguridad en sus artificios que la mayoría no se ven capacitados para prescindir de ellos. Del mismo modo, esperemos que tarden en darse cuenta.

martes, 6 de julio de 2010

Paseo por la Gran Vía y la mala leche


Se respira un constante ambiente de miedo ¿cierto? Los medios interpretan sus propios mensajes apocalípticos ¿verdad? Los grupos de poder público ordenan y desordenan al dictado de los grupos de poder privado ¿no es así? Quizás todo sea un poco cierto. Mientras lo individual se paraliza en la larga espera del próximo cambio que condicione su vida, la Gran Vía madrileña se ahoga en una radical metamorfosis al tiempo que un camión de bomberos pintado de azul abandona Fuencarral con la siguiente leyenda: “Distrito Centro=100000 ciudadanos x 10 bomberos”. Un barrendero se detiene frente a la puerta del café Zahara. Está cerrado y una lámina anuncia la próxima apertura de otra gran tienda de ropa. “Siempre nos quedará el consumismo” piensa. En la boca de metro de la Red de San Luis un taquillero se asoma para fumar un cigarro. Un viandante se da cuenta de su presencia y le increpa: “Hijo de puta”. El empleado hace un gesto de oprobio, se encara y un brazo desde el interior tira de él. La cosa no llega a mayores. Decenas de policías en azul marino y amarillo fluorescente velan por nuestra seguridad con cara de todo lo contrario. Las putas de Montera invitan con sus miradas a cualquier cosa menos a placer. El barrendero acaba de llegar a la esquina del McDonald’s y dos agentes le alarman de lo descarado que resulta en estos momentos pasear la mierda de un modo tan evidente.” Menos mal que están ustedes”, opina. “Y eso, ¿qué tiene de bueno?”, grita desde abajo el del metro que, cada vez, está más encabronado. “¡Deje de provocar y métase en la cueva, hijo de puta!”, le ordena uno alto con pistola.
No obstante, la ciudad no se detiene. Huele a mala leche en los semáforos, en los autobuses, en las intersecciones,… Pero no es nada alarmante. Cada cual tiene su propia técnica de relajación y la sangre no ha de llegar necesariamente al río. Por cierto, ¡qué bonito está quedando el río! (estaría bueno que hubiese quedado feo). Hay un clarinetista que emula a Nino Rota en ramales. Un guitarrista hace lo propio con Tárrega un poco más abajo. Reciben alguna moneda de manos ajenas al metro, a los basureros de lo tangible, a los bomberos, a Tárrega y a Rota. Y la calle Santiago está forrada de andamios, la Plaza Mayor por un mosaico de nacionalidades y Tirso de más andamios porque, tarde o temprano, esta ciudad se nos va a caer encima también en la literalidad, porque en lo figurado nos la volcaron a medida que enmudecíamos. Y es que ya es prácticamente imposible encontrar a alguien que nos pueda explicar cómo empezó todo esto. Ni qué decir tiene conocer a alguien que haya tenido voz en el pasado. Alguno que otro confunde a estos con los bocazas. Van en los autobuses, por las intersecciones, paran en los semáforos y huelen a mala leche. Menos mal que les queda el consumismo. Si no, la sangre llegaría al río. Por cierto, ¡qué bonito está quedando!, añade un bocazas.
Madrid se queda encendido, duerme, herido. Madrid gruñe a destiempo en el preciso instante en que la avenida se colapsa en una feria de luces azules y sirenas incesantes. Decenas de motoristas abren en ordenado abanico el atasco circulatorio para dar paso a otros tantos coches patrulla que piden paso a través de la megafonía. Al final de la hilera un fastuoso coche negro de cristales oscuros solemniza la cabalgata y tras la tintura del vidrio se adivina una mano saludando a los transeúntes. La gente se acerca entusiasmada. Sólo pueden ser detenidos por la columna de agentes que se posicionan acotando al misterioso paso. Hay más agentes a caballo que dirigen deliberadamente a los animales que, con sus pechos hinchados, golpean a la enardecida muchedumbre. Cuatro personas han conseguido superar el cerco. Uno de ellos ha sido reducido en el suelo por media docena de tipos vestidos de paisano, con gafas de sol y la reglamentaria en el costado. Retuercen sus brazos contra la espalda y arañan su rostro contra el asfalto. Hay otros dos que no han logrado llegar tan lejos y son inmovilizados contra los cristales de Telefónica con porras y antebrazos presionando sus cuellos. A pesar de la asfixia su entusiasmo es aún mayor al contraluz de los luminosos anuncios del último lanzamiento en telefonía móvil. Una cuarta mujer se arrastra a escasos centímetros del vehículo y la ventanilla trasera se abre. Sólo asoman una cabellera rubia femenina y una mano que se ofrece a la valerosa admiradora. La de fuera estira su brazo todo lo que puede hasta que consigue esbozar una sonrisa de satisfacción. En ese preciso instante un tacón de bota marca de un golpe su cara. La ventanilla se cierra y el coche acelera al tiempo que la verbena de luces azules vuelve a activar a su espalda el trasiego en la Gran Vía madrileña. En el interior del coche oscuro, la mujer de pelo rubio apostilla: “Menos mal que aún nos tienen a nosotros”.

Tópicos


Una cigüeña crispa en su vuelo los gallones de los tejados. Se desdibuja gris y oscura en su aleteo ralentizado sobre el poluto horizonte capitalino. Todas las ventanas se cierran. Una súbita tormenta matiza las ficticias copas de los árboles. En el mismo baño las calles arrastran su precoz condena en todas las direcciones. Orín y herrumbre tintan las aceras y su caldo molesto oscurece barrocas fachadas. Cientos de cuerpos son escupidos de los accesos subterráneos y estos cubren sus cabezas mirando al suelo. Pol espera bajo el último techo antes de las escaleras. Sus pies se mojan y traicioneras ráfagas riegan su cara en una incómoda aspersión. Mantienen las manos en los bolsillos del abrigo y entre sus dedos viaja nerviosa una moneda sucia y caliente. No espera nada concreto y en plena incertidumbre se cuela de un salto en pleno corazón de la humana tempestad. Sus cabellos empapados cubren caprichosos trozos de su rostro, jirones de su gesto. Las manos continúan en los bolsillos. Sólo salen para pagar al quiosquero el diario progresista con la cálida moneda que, minutos atrás, danzaba entre sus dedos.
Hay una fugaz huída en perpendicularidad. Es una moderna (modernizada) zona de la ciudad en donde reza una extraña mezcolanza de retrógradas sociedades, vanguardistas, tendenciosos, pasados eventos pegados en las paredes, humo pretérito incrustado en piedras y cristales y oriundos de los bares en los que aún se escupe en el suelo. Pol enciende un tópico cigarrillo protegiendo la lumbre de la lluvia bajo la palma de su mano. Lo apura en cinco o seis enérgicas aspiraciones y deja que el agua lo inutilice sobre su piel. Lo tira al fondo del oscuro río y entra en Jazz Tattoo. Se tumba en la camilla con el torso desnudo. Un tipo de aspecto esquelético, de prominente dentadura y afilados pómulos apura otro tópico cigarrillo. “¿Te importa?”. “No, en absoluto”. Y, entonces, enciende otro con el anterior. El humo entorna los ojos del postmoderno artista. “Tú dirás”. “Susana en toda la espalda”. ” ¿El nombre en la espalda entera?”. “No. Tantas veces como quepa”. “¿Tipo de letra?”. “La tuya. Que quede cutre. Color verde, de yonki, letra de presidio. Desiguales todas. Ah, y otra cosa, que se lea como una especie de penitencia escolar en la pizarra”. El tipo le marca trescientas cincuenta veces Susana desde las escápulas hasta las caderas. Abona lo acordado. El otro le cubre la espalda con gasas y plástico, como si momificase a Pol en plan art decó. Se viste con las ropas húmedas. Fuera es sorprendido por un anuncio de una agencia de viajes con ofertas en todos aquellos productos que contengan el paso por la ciudad de Palmira. El teléfono suena, tópico como un cigarrillo. “Deja de llamarme, loco cabrón”. Pol esboza una sonrisa y comienza a caminar. La lluvia ha cesado y el asfalto se croma con un brillo cegador. Camina ligero y sus botas rezuman, en cada paso, burbujas sucias y hebras de barro. Se detiene frente a un portal pequeño, estrecho, de los que suelen pasar inadvertidos. Aprovechando la entrada del cartero se cuela. “Buenos días”. El lugar es oscuro. Podría decirse que sucio, pero es algo que tampoco puede advertirse. La bombilla enorme que corona el techo da una luz tenue y da lugar a la confusión óptica. Interminables rampas de escalones de madera, tópicamente carcomida, caracolean dentro de su propia negrura. Pol sube ágil todas y cada una de ellas hasta llegar a la caída del tejado. Golpea con los nudillos la puerta de la derecha. Se abre sola. “Entra rapidito, trastornado”. Susana está en pijama. Vive en una tópica buhardilla desde la que, tópicamente, se ve toda la ciudad. “¿Cómo quieres que te lo diga? No hay nada entre tú y yo. En qué hora me enrollaría contigo”. Cuando dirige la vista hacia él tiene los pies cubiertos de plástico y sanguinolentas gasas. Está completamente desnudo y comienza a girar lentamente. Una brillante película roja crece desde sus hombros hasta sus tobillos. En un doloroso gesto Pol intenta despejar su piel del tinte para que ella aprecie tan impactante leyenda. Ella interrumpe el desagradable silencio. “Paradójicamente, tu anormalidad es tan tópica que llegas a darme pena”. “Algo es algo”. Sentencia Pol. “Eso no te da la razón”. Al tiempo que Susana dice esto, un teatral, pero no por ello m3enos tópico, trueno tambalea las paredes de la estrecha vivienda. Arriba, en el tejado, las cigüeñas entrechocan sus picos en señal de protesta y en violentas zancadas arrancan las escamas de las azoteas, que caen arrastrando las cornisas, los balcones, las copas de los árboles,… destrozan desde los cimientos una ciudad que ya comenzaba a desquebrajarse en el origen de sus tópicos.

domingo, 21 de marzo de 2010

Ensoñación


“Creo que, muy a menudo, el arte de la casualidad coincide con el arte de la ignorancia”. Me sorprendo llegando a esta conclusión al mismo tiempo que mi mirada se fija, con extrañeza, en un punto perdido en un límpido horizonte de saludables perspectivas. Decenas de abruptas lomas motean un parcheado paisaje saturado de luz. Al fondo de mi entrometida curiosidad hay un castillo, el castillo alberga en su interior una torre con una ventana en su parte más alta, tras la ventana se descubre una amplia estancia y a continuación hay una larga concatenación de espacios contiguos, más o menos grandes, que terminan donde mi imaginativa óptica alcanza a prolongarse. En esta ocasión se detiene en la visión de unos pies desnudos; son unos pies de mujer. Mi óptica, además de creativa, roza lo lascivo y continúa su periplo por unas torneadas piernas -también desnudas- que se cruzan una encima de la otra. Mi óptica, además de creativa y lasciva, es muy impaciente y se dirige como una centella a buscar la cabeza que corona a este inventado conjunto. Resulta que eres tú. ¡Claro! ¡Cómo no me habré dado cuenta con lo bien que conozco la piel de tus piernas! Mi creativa, lasciva e impaciente óptica se ha dado cuenta de que llevas un buen rato sin quitarme la vista de encima. Cuando me detengo en mi labor identificadora te diriges a mí:
-“Aún no me he ido y ya me sabes a sal”
Pero no te ríes como de costumbre. Me estás hablando muy en serio y me quedo sin palabras. Rectifico y, con temeridad, lanzo la réplica:
-“Antes de que te marches he de saborearte entera”
-“Que te lo crees tú”
-” ¿Bromeas ahora?”
-“¿Acaso bromeaba cuando te propuse amanecer bajos los mismos rayos de sol?”
-“No llegué a tiempo”
La severidad de la conversación te comienza a desdibujar y ni la creatividad de mis ojos es capaz de devolverte a la integridad original. Retrocedo entonces al origen de mis fantasías hasta el punto mismo en que comienzas a abrir la boca:
-“Aún no me he ido y ya me sabes a sal”
Averiguo ahora que no es el momento de pausas y, sin quitar la mirada de tus labios, espero la continuación de tan halagador soliloquio:
-”Ya siento la espuma bajo mis pies y no quiero que te marches”
-“Pero yo me quedo”
-“Siempre te marchas de mí”
-“Nunca me has reclamado”
-“Claro, porque siempre estoy en tus ensoñaciones”
De repente desapareces. Para cuando me quiero dar cuenta no quedan ni torre, ni castillo ni horizonte labrado de lomas. Me encuentro recapacitando sobre esto último que me has dicho en el albor de mi imaginación. Mis pensamientos forman una enorme espiral que crece a medida que mis dudas son más circunstanciales. Trazos de helicoidales amasijos verbales contrastan con el fondo blanco que tu ausencia ha dejado. Pero mis ideas no toman forma. Son cientos de miles de palabras que superpueblan el mar de dudas en que se ha convertido mi yo más libre. Las líneas forman cadenas y las cadenas columnas. Son como un hermoso responsorio de Gesualdo dibujando líneas de polifonía en el interior de mis sueños. Es un infinito collage que se cruza consigo mismo una y mil veces. Experimenta una incómoda metamorfosis de preguntas retoricas y de falsas respuestas. Una masa informe de planteamientos peregrinos se yergue para, inmediatamente, volver a sucumbir por el sobrepeso de mis negaciones. Las espirales giran incontrolables formando un enorme remolino. Las cadenas centrifugan en simétrica inestabilidad. Tanta es su actividad que acaban por explosionar en una cegadora y muda impresión brillante. Se hace el silencio y los restos de mi introspección flotan como pavesas en el blanco espacio de mi inevitable catarsis. Y del polvo de la explosión te presentas como antes de haberte esfumado:
-“¿Ves como siempre estoy en tus ensoñaciones?”.

martes, 8 de diciembre de 2009

Y Dios vino a nosotros: Gustav Leonhardt en Madrid

Lastrar los dudosos títulos de la opinión pública sólo es un inconveniente para los tipos corrientes. Los genios viven al margen de las críticas vanas. Sólo se asoman de vez en cuando porque es lo acordado: dejar constancia.
Gustav Leonhardt es un caballero delgado, elegante y discreto desde su apabullante humildad. Parece una de sus propias estampas sacadas del extraño Bach de Straub o de los libritos de aquellos primeros discos que compartía con Harnoncourt. La diferencia está en el paso del tiempo y en una torpeza atípica en su edad por escasa. Aunque esto sólo ocurre cuando camina porque enfrentado a la delicada madera del Mietke/ Zell de Rafael Marijuán (en el caso que nos ocupa) se desenvuelve como muy pocos se atreverían a afirmar. No le hace falta ser valiente. Demostró en el joven escenario del Caixa Forum de Madrid (viernes 20 de noviembre) que sigue siendo una referencia imprescindible para músicos y para exigentes aficionados.
Louis Couperin (c. 1626-1661) es una de esas necesarias recuperaciones que el historicismo musical ha tenido a bien rescatar. Louis ha estado durante más de dos siglos a la sombra de la enorme figura de su sobrino François. Y, a pesar de considerársele como uno de los fundadores de la escuela francesa de clave y el creador del preludio sin compás, aún existen voces que se atreven a la comparación y, en desagradable consecuencia, a la minusvaloración del viejo Couperin. Los dedos de Leonhardt demostraron que todo es una cuestión de capacidades. Louis Couperin es una de esas quintaesencias barrocas. Con él, en la interpretación de Gustav Leonhardt, los movimientos lentos de la suite clásica francesa adoptan su verdadera dimensión de traicionera calma, en lo que a lo puramente técnico se refiere y, de imprescindible elemento constitutivo de los más destacables capítulos de la historia de la música en el terreno de la interpretación. Y lo cierto es que nada de todo esto tendría sentido si no lo hubiésemos entendido a través de uno de los más directos responsables de tamaño regalo. video
En un mundo en el que la cultura sólo es democrática cuando es conveniente, uno ha de acostumbrarse a compartirla con participantes de dudosas garantías en un juego que, a menudo, parece más neoliberal que compensatorio. Un programa como el que presentó el maestro de Graveland es de los que, ante una sala prácticamente llena, genera dudas sobre el comportamiento del público. El repertorio barroco es tan asequible como complejo, tan cercano como abstracto. Y uno de los casos más ilustrativos de esto está en la música para tecla del siglo XVII. Dentro de algo que sólo pueden valorar aquellos que se hayan enfrentado alguna vez a una de estas partituras, destaca poderosamente la obra de Johann Jakob Froberger (1616-1667). A título personal he de dar como apunte que esta fue la segunda razón que convenció a mi pusilánime voluntad musical para asistir al concierto.
Tuvimos la suerte de contar con una mayoría de conocedores del protocolo propio de este tipo de eventos y de otra parte simple y afortunadamente educada. La obra para clave de Froberger puede resultar una experiencia tan gratificante para los neófitos de este asimilador de las grandes escuelas clavecinísticas del siglo XVII como insoportable para oídos más deseosos de artificio fácil y melodía cantabile. Desgraciadamente para los últimos este era un día para los primeros y para los incondicionales. El recuperador para el gran público de Froberger evocaba esa tarde sonidos que retrotraen a los sentidos hacia experiencias irrepetibles. Froberger en manos de Gustav Leonhardt es simplemente una experiencia única.
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El final, tras una necesaria afinación, supuso la prueba de que “Dios” no envejece. La obra de Antoine Forqueray (1672-1745) para viola da gamba siempre fue una demostración definitiva para los más aguerridos intérpretes de que sus manos estaban “endiabladas”. No estamos aún en el virtuosismo clavecinístico del último barroco (rococó) francés, pero nos acercamos peligrosamente en la transcripción para tecla del autor parisino. Con la más depurada de las técnicas de dedos que aún se pueden ver en un clavecinista, las manos de Gustav Leonhardt saltan con una agilidad impropia de un hombre con más de ochenta años a su espalda y todas las claves de la música antigua en su cabeza y en sus afortunados dedos.
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En una pretérita conversación con Anton Amir (constructor de la casa Klinkhammer) cuando visitaba la casa de un amigo para una pertinente revisión de su clave franco-flamenco, nuestra inquieta erudición de juventud nos hacía preguntarle sobre todos aquellos intérpretes que nosotros habíamos oído. Buscábamos la opinión de un experto. Exprimíamos una ocasión única para nosotros. Nombramos, entonces, al Gustav Leonhardt que escuchábamos en Das Alte Werk y que respetábamos con el conocimiento que teníamos de su increíble aportación a ese extraño mundo de la música antigua que, desde hacía tiempo, nos había captado irremediablemente. Toni se refirió a él entonces como “Dios”. Nuestros jovencísimos oídos se sintieron sorprendidos por tan generosa alusión. A partir de entonces, en nuestro entusiasta corazón de fanáticos nacía la necesidad de repetir y emular la cita de Toni.
Pasan los años y el entusiasmo se distorsiona por diferentes razones. Uno acude a los conciertos sin sorprenderse por la burguesa costumbre de dejarse ver que antaño censuraba en el público más esnob. Incluso, en ocasiones, me sorprendo curioseando el programa de mano del señor de la butaca de al lado, bostezo y pierdo la concentración en la música. El concierto del pasado 20 de noviembre para mí fue un suceso necesario para marcar un punto de inflexión. A pesar de mi ateísmo convencido puedo afirmar que DIOS EXISTE.



AND GOD CAME TO US: GUSTAV LEONHARDT IN MADRID


Dragging doubtful titles from public opinion is just a problem for ordinary people. Genius live at the edge of society and vain criticisms. They just merely take a look because it´s an agreement reached: to evidence.
Gustav Leonhardt is a slim and elegant gentleman, discreet from his overwhelming humility. He seems one of his own images taken from the weird Bach from Straub or from those small books with the records shared with Harnoncourt. The difference is in the passage of time and in an uncommon clumsiness because of its shortage. But this only happens when he walks because confronting Rafael Marijuán´s delicate wood Mietke/Zell (in this case) he manages as not many people would dare to acccept. He doesn´t need to be brave. He demonstrated in the young Forum Caixa stage in Madrid ( Friday, 20th November) that he keeps on being an essencial reference for musicians and demanding audience.

Louis Couperin (c. 1626- 1661) is one of those necessary recoveries the musical historicism has rescued. Louis has been for more than two centuries overshadowed by the enormeous image of his nephew François. And, despites he´s considered one of the founders of the French Harpsichord School and the creator of the unmeasured prelude, there´re still voices which dare to compare and as an unpleasant consequence, the old Couperin´s underestimate. Leonhardt´s fingers showed that everything is a matter of capacities. Louis Couperin is one of those Baroque´s quintessenses. With him, in Gustav Leonhardt´s performance, slow movements from the clasical French suite adopts its treacherous calm´s real dimension , theoretically speaking, and indispensable constitutive element from the most otstanding chapters of the music history related to interpretation. The truth is that nothing about this would have sense if we hadn´t understood it with one of the persons in charge of this fantastic gift.

In a world where culture is just democratic when is convenient, you have to become accostumed to sharing it with participants of doubtful garantees in a game that, very often, seems more neoliberal than fair. A program as the one presented by the Graveland´s master in a full theater generates doubts about the audience behaviour. Baroque repertoire is so affordable as complex, so close as abstract. One of the most illustrative examples is in music for key (XVII century). Johann Jakob Froberger (1666-1667) works enhances mightily in something that just can be valued by those who has ever confronted its score. Personally I give as a note that this was the second reason which convinced my fainthearted musical will to go to the concert.

We fortunately had a majority of protocol connoisseurs for this kind of events and another simply but polite part. Froberger´s harpsichord works can be a gratifying experience for beginners of this assimilater of the great XVII Century harpsichords schools or unbearable for ears wishing easier affectation and cantabile melody. Unfortunately for the latter this was a day for the first ones and for wholehearted. The recoverer for Froberger´s general public evoked that evening sounds which gives to senses unrepeatable experiences. Froberger in Gustav Leonhardt hands is just an unique experience.

The end, with a necessary afination, was the prove that god doesn´t get old. Antoine Forqueray (1672-1745) works for viola da gamba was always a definite demonstration for the bravest musicians that have a "devil" in his their hands. We aren´t in the harpsichord virtuosity from the last French baroque, but we´re getting closer dangerously for the Parisian key author. With the most refined fingers technique that still can be seen in a Harpsichord player , Gustav Leonhardt hands jump with an inapropriate agility strange in a man with eighty years old on his back and all the secrets of the ancient music in his head and in his fortunate fingers.

In a former conversation with Anton Amir (Klinkhammer house constructor) when he visited a friend´s house for a pertinent review of a French-Flemish harpsichord , our enterpraising learning made us ask him everything about all the musicians we´ve heard. We looked for an expert opinion. Then we named that Gustav Leonhardt we hearded in Das Alte Werk and we respected with the knowledge we had about his contribution to that weird early music world that long time ago captured us irremediably. Toni refered to him as "God" .Our young ears felt surprised for that generous allusion. From that moment on, in our enthusiastic fanatic hearts the necessity of repeating was born and emulate Toni´s words.

Time goes by and enthusiasm is distorted by different reasons. One goes to the concerts without being surprised for the burgoisse tradition of letting them see that years ago censured in the most snob audience . I even feel surprised sometimes prying in the programe of the man in the next seat, I yawn and lose concentration in music. Last 20th November concert was a necessary event for me to mark the difference. Despite my convinced atheism I can assert that GOD EXISTS.

Translate: Rocío Hermoso Harto

jueves, 11 de junio de 2009

Canción de Noche



Ella es una bella canción. Él es todo oídos. Ella le canta en voz baja, cerquita. Él enciende una luz suave. Quiere ver su cara siempre, pegada a él. La mujer apoya su rostro en el del amante y agota a los pulmones en la última frase. Ella es una bella canción prometida. Él mesa sus cabellos, desde la nuca, de ahora en adelante. Ella esconde su sonrisa bajo el manto capilar y, por momentos, estira el cuello de placer. Él invade su cara oculta y busca la boca entreabierta. Ella es un beso tras una bella canción. Requiere la presencia de él. Él acata y continúa besando. Ella es una bella canción cubierta de besos. Ella le abraza hasta los límites de la corrección. Él no deja de mirarla. Ella es una bella canción, un nocturno de abrazos.
Una regalada cantata frecuenta sus noches. Ella es una bella canción con la noche en el pelo. Es cortesía de acordes con luz baja. En la calidez descubre un nuevo retrato. Es grata compañía de voz dulce, rostro de ojos grandes como lunas, canción bella de sus madrugadas. Ella es irremediable en su elegancia y tentación en sus formas. Y es oportuna en apariciones, ser fantástico con un cielo en la garganta. En las noches de obligado silencio convierte en sonoro tacto el espacio que comparte con él. Son caricias de acústica profundidad, abrazos esperados por necesarios y deseo en grandes dosis. Ella es una bella canción, una bella historia de acentos, guía en el oscuro silencio de sus noches.

martes, 9 de junio de 2009

Noches de luna


Hay noches que comienzan con el final de otras. Hay noches que no se acaban. Otras son horas robadas al día, oscurecido y silenciado. Hay amaneceres tardíos y ocasos a la madrugada. Hay noches perfectas de estrellas. Hay noches que se ahogan en veneno. Hay noche ahí fuera.
Hubo una noche que notó como bajo su cuerpo reventaba una falsa luna. Sintió cristales rotos en los ojos y frescor en su espalda. Llegó una noche que una improvisada luna se aferró a su cuerpo con todas sus fuerzas. Ante su pecho las constelaciones apretaban los dedos del primer encuentro. Era una bella luna creciente tomando su boca. Una falsa luz lunar recorría su cuerpo con los labios. Hubo una noche de lunas atadas a las patas de las camas. Tenía adosada al alma una luna creciente. La falsa luna se le escapaba por entre los dedos y le susurraba con cálido aliento que no le iba a dejar con el mundo a oscuras. Hubo una noche en que una falsa luna se coló por la ventana para alumbrar sus tristezas y enguirnaldar su techo cuajado de vacíos. Una falsa luna creciente iluminaba el solitario zaguán y le acariciaba los miedos.
Hay noches en vela. Hay noches que duelen en el corazón. Hay noches en que uno deshace el equipaje para no volver. Los días acaban con un amargo sabor de boca en las noches más largas de lo necesario. Hay noches de sol y soles furtivos en noches dormidas. Hay temblores de tierra en noches de viento, en tormentas feroces, en ventanas que son golpeadas por su negrura.
Hubo una noche de luna azul. Sintió bajo el mundo una falsa luna creciente real como su sonrisa. Tocó la luna con las manos y la posó sobre la almohada. No dejó de besar a la luna en la argéntea boca. Amó a la luna bajo su cuerpo. La noche cubría su estancia y las sábanas de su soledad brillaban de estrellas intermitentes. Llegó a su privacidad una luna con la noche en los cabellos y la claridad del infinito en los pechos. Hubo noches después de aquella. Hubo nuevas lunas más llenas y más reales.
Hay tardes de luna. Hay habitaciones empapadas de noche en las tardes de falsas lunas crecientes. Hay noches que no terminan. Ha descubierto noches sin luna que no le temen al día. Hay una luna para cada noche. Hay mil noches para su luna.

domingo, 7 de junio de 2009

La última noche del resto de sus noches


Ha abierto las ventanas. La humedad empapa el vacío que reina en la estancia. Los espacios están fríos y parece que fuesen a estarlo por mucho tiempo. Hay una extraña sensación de ausencias. La noche se le echa encima y vuelve a estar solo. No protesta. Pero se le hace duro girar con los brazos huérfanos de ella. Los sonidos se agigantan bajo el alfeízar de la espera. Le ha dicho que no va a volver. Que las noches compartidas se acabaron porque tiene miedo a la mañana. Que sus días son diferentes, más cortos, menos sorprendentes que los que comenzaban a su lado. Ha dicho que no quiere descubrirse diferente en el reflejo de sus abrazos. Él ha callado por respeto al recuerdo de las noches antiguas. La sigue deseando en secreto. Ella no debe saberlo porque así lo pidió. Le ha dicho que está rara y que no quiere que algo distinto le amargue una nueva noche y que le pudra el corazón. Él no entiende la cabeza de los demás. Pero las respeta porque tampoco entiende la suya.
El aire es fresco y agradable compañero que le acaricia en su solitaria desnudez. Está tendido sobre la cama visionando en su memoria aquellos momentos en los que todo era complicidad. Teme la distancia que se alarga en los ciclos lunares. Hoy está totalmente llena y marca los rasgos más duros con su albor. Son gestos inmóviles. Aprieta de vez en cuando los dientes para profundizar respiraciones espesas de nostalgia y asumido dolor. Busca con las palmas de las manos muy abiertas por toda la superficie. Las ropas están frías. Así es mejor, seguramente.

BREVE LAPIDARIUM DE LAS NOCHES


Habiendo ya disfrutado de alimento, confidencias y del intercambio corporal propio de sus reuniones, decidieron abrazarse y paralizar el momento. La luz de las calles decaía y daba cuenta de su adentramiento en una madrugada fría y silenciada. Las manos esculpían la verdad de los cuerpos. Las ropas del lecho descubrían la mentira de las horas. Acercaron sus rostros y comenzaron a respirar el dulce aliento del otro. Rozaron sus caras. Los pómulos y las mejillas encendidas se tocaban ante la atenta mirada de los ojos cerrados. La música sonaba suavemente e imprimía un obligado ritmo al discreto baile de la excitación moderada. Los labios acabaron sustituyendo a la dialéctica de los brazos.


Venturosa la rutina que nos ofende por dichosa. Dichoso el amante por yacer junto a su diosa de cálido marfil. Bendito, en toda su laicidad, el seno que acoge y embriaga cuando los ojos dejan de ver y los oídos dejan de oír, señalando el camino abierto a las sensaciones de la carne.




Disfruto con tus palabras y con tus silencios. Te saboreo en tu sexo y en tu abstinencia. Me estremezco con tus caricias y también lo hago en tu quietud. Soy dichoso por tenerte en todos los paralelismos, en todas las paradojas.




Se dejó seducir por el veneno de las palabras hasta el día en que comprendió que, en realidad, los buenos amantes enmudecen sólo cuando es estrictamente necesario. El resto de las ocasiones hablan con los ojos, con las manos, con los sexos,… y con todo aquello con lo que se pueden entender los cuerpos que se desean.




Hubo muchas otras noches. Hubo noches calladas, noches más oscuras, cálidas, noches que se juntaban con el día, noches que se negaban a ser acabadas. Hubo muchas otras noches. Pero, a pesar de todo, todas conservaron ese aroma a deseo que había caracterizado su principio y su presente. Las más largas fueron las de aquel verano. Eran noches con luz del día. Las horas se habían derretido porque los cuerpos pasaban demasiado tiempo pegados. En ocasiones, era tanto el tiempo, que sentían en sus paladares una mezcla de sabores comunes que regían la dictadura de caricias a la que, voluntariamente, se habían sometido.

jueves, 16 de abril de 2009

La muerte y el leñador


Existe una España pretérita de herrumbre, de guardias, de monjas, de groseros niños prodigio, de boinas arrugadas, de hambruna a todas horas, de consuelo de vino, de domingo en el Parque Sindical. Más allá de Las Chicas de la Cruz Roja hay un Madrid de periferia, de huérfanos, de listos, de primos, de orden católico, de honradez machista, de andar por vericuetos, de crédulos y de colchón de lana. Es un pasado de casualidad y causalidad, una vida sin intenciones ni proyectos. Son recuerdos de vida en la calle, de frío, de paño y de franela, de alpargatas con calcetines altos, de polvo y de barro,… Es el retrato del mejor Berlanga. Los años sesenta fueron testigos de una de las más grandes comuniones que ha dado el cine español: García Berlanga y Azcona. Esta dio como frutos siete colaboraciones soberbias. A la trilogía Nacional hay que sumar La Vaquilla, todos estos trabajos entre finales de los años setenta y principios de los ochenta. Sus tres películas anteriores nos llevan a los sesenta. El Verdugo, Plácido y una de las cuatro partes en que se dividió la producción Les fables de La Fontaine. Éste fue el título que recibió en su estreno en la televisión francesa. En España se estrenó como Las Cuatro Verdades. La película era una colaboración entre directores franceses, italianos y, por supuesto, españoles. Se adaptaban libremente cuatro fábulas de La Fontaine: Los dos pichones, La liebre y la tortuga, El cuervo y el zorro y La muerte y el leñador. García-Berlanga y Azcona tuvieron que adaptar el último que, a diferencia de los otros tres, recoge tanto en el texto original como en el moderno de la película un final amargo, desconsolador. La fábula cuenta como un leñador anciano carga con un gran haz de leña a través de un bosque. Agotado por el esfuerzo cae al suelo y la carga se ve esparcida por el suelo para mayor disgusto del protagonista. El desamparado leñador sólo piensa en recoger lo que ahora está en el suelo de cualquier manera. Tanto es su sufrimiento y su desesperanza que pide ayuda para volver a cargar con el haz a la propia muerte. Jean de la Fontaine concluye así el texto: Llama a la muerte; viene sin tardar y le pregunta qué se le ofrece. “Que me ayudes a volver a cargar estos haces; al fin y al cabo no puedes tardar mucho” La muerte todo lo cura; pero bien estamos aquí: antes padecer que morir, es la divisa del hombre.
En el texto de García Berlanga y Azcona el leñador es un organillero ambulante y la muerte es muchas cosas a la vez. La muerte es Madrid, su ruido, su polución, sus paupérrimas infraestructuras, sus arrabales. La muerte está en todas las personas que vuelven la cara a la caridad porque ellos mismos son supervivientes. La muerte es la burocracia del régimen con su tufo a ejemplo e instrucción. La muerte es la iglesia y su abuso de la obligada buena fe de sus gentes. El organillo es un pesado haz de leña que hay que arrastrar como un animal de carga. En una interpretación muy personal, las piscinas del Parque Sindical se convertían en un extraño templo en el que cambian los papeles y un asno es expulsado en volandas. La sociedad desconfía de todo porque todos son un poco leñadores. Cada cual tiene su propio haz de leña. Y ahí es donde se muestra el guión más apocalíptico. No sólo el leñador desespera y deja caer su haz por un barranco. El mundo es una feria de borrachos, tullidos y desheredados. Berlanga nos hace sufrir con el Rubio. El espectador siente subidas y bajadas porque el guión es oscilante, caprichoso y cruel. Pero el narrador desempeña la tarea del antropólogo. Observa y cuenta. Más adelante le da una última bocanada de aire para, más tarde, volverle a derribar con toda la carga.
La habilidad que tuvo Berlanga para presentar en clave de humor lo más cruel de una sociedad tan contrastada, no creo que se pueda comparar con ninguna manifestación artística dentro del periodo que ocupó el régimen franquista y su asfixiante censura sobre cualquier manifestación crítica. Los verdugos, Plácidos u organilleros viven bajo el peso de un destino que ya ha sido decidido para ellos. Las diferencias sociales y la concienciación de las mismas presentan un mundo en el que todo es, por necesidad, blanco o negro. El que tiene el poder (dinero) posee las claves de la honradez y de la moral. El resto son, casi siempre, una broma pesada del cielo. Están ahí para ser ayudados, siempre y cuando sea posible o necesario. El resto del tiempo desaparecen del mundo creado para los primeros y deambulan por un mundo paralelo, dantesco. Hacen portes, matan reos, descuartizan animales muertos, decoran las puertas de sus edificios,… En definitiva se dedican a hacer todo aquello que los primeros no ven. En navidad los primeros visitaban a los segundos en sus cuevas, en sus guangos. Les regalaban naranjas y monedas de peseta. Los médicos de renombre atendían a un pobre al día porque alguien tenía que hacerlo y en fechas señaladas se aseguraban de que tuviesen lo indispensable para asegurarse de que no saldrían de sus casas. Eran, además, una maravillosa “cla” para todos aquellos actos que se organizaban en torno a la figura del poder, tanto laico como espiritual.
Desgraciadamente no hubo muchos como García Berlanga o Rafael Azcona. Por ese motivo recomiendo una revisión a la obra de ambos en las fechas a las que hago referencia. Será sin duda un ejercicio más que saludable.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Reclus y el maestro (II) Aracena bajo su propia piel


El comentario de jackerouack a la entrada sobre Elisée Reclus me ha hecho recordar algo sensacional sobre el pueblo de Aracena que muy bien mencionaba él. Aquel viaje del que hablo en la citada entrada hubiese sido más propio de otro país, de otro continente, de otra época. No podíamos creer que en pleno siglo XXI la gente tuviese que realizar ese insoportable viaje para unir Madrid con sus lugares de origen. El vehículo era uno de esos que ya han cumplido largos años de servicio y son condenados a las rutas de tercera o cuarta categoría. Los retrasos en todas y cada una de las incontables paradas nos hacían pensar que habíamos entrado en un bucle eterno por los pueblos más recónditos de la geografía extremeña. La apolínea figura de jackerouack me resultaba cada vez más incómoda. No quiero imaginarme cómo sufriría en su discreción con la mía. Era un autocar estrecho con una mala ventilación. El aire se viciaba por momentos y las horas se hacían más y más largas. Había entre nosotros largos paréntesis de silencio que solamente se superaban con las críticas al volumen de la música (insoportable) que el conductor elegía para todos los pasajeros. No podíamos creer que estuviese ocurriendo. Con cerca de dos horas de retraso sobre el horario previsto llegamos a Jabugo. Allí nos esperaba nuestro amigo que no perdió tiempo para comenzar con el cachondeo sobre un viaje que él también conocía. Acababa de comprar una paletilla a un precio muy atractivo. La cargó en la furgoneta que le habían prestado y emprendimos camino hacia Aracena. La sierra que da nombre a la localidad es de colores brillantes e intensos. El sol se magnifica en sus reflejos y en las proyecciones de su propia luz. A pesar de encontrarnos en pleno mes de julio los bosques de castaños estaban cargados de vida. Era una visión inesperada. Los accidentes geográficos se repetían en cada curva y el viaje adquiría un encanto con el que nuestros prejuicios no habían contado. Yo había pensado en otro tipo de lugar. Había visto en mis conjeturas escarpadas formas en suelos pelados y yermos. Nada más lejos de la realidad. Los árboles abrían múltiples caminos que se cruzaban a los pies de la carretera. Parecía una caprichosa provocación para el viajero.
Aracena da la bienvenida con cuestas imposibles. Todo es blanco. Sus calles tienen la piel adoquinada y un ostentoso pasado en sus cornisas. Al final de cada avenida está la sierra. Allá el castillo, acá las ruinas musulmanas,… Lo áureo de su atardecer se mezclaba con la cal de las paredes y con las primeras farolas que se iban encendiendo a nuestro paso como en una protocolaria bienvenida. La casa que había alquilado nuestro amigo franqueaba un bonito cruce de calles. A partir de allí los caminos dejaban de ser eternos descensos y se suavizaban las líneas de las fachadas. La nuestra no había sido sometida a cambio alguno. Conservaba la pureza de esa albura tan andaluza, pero en versión serrana. El interior no desentonaba en absoluto con el carácter de su entrada. Los suelos estaban cubiertos por antiquísimos motivos geométricos que daban con sus trampantojos una espléndida sensación de profundidad. Se multiplicaban los detalles. La cama de nuestro amigo remataba el cabecero en piezas doradas tipo art decó. En el techo de la alcoba principal giraba un historiado ventilador con las aspas ribeteadas en dorado. El salón estaba presidido por una soberbia chimenea que obligaba a tomar determinadas posiciones en torno a ella. Los dormitorios interiores recordaban a celdas de convento. Eran estancias robustas, con anchos muros en los que se abrían poéticas ventanas.
Aracena es un lugar tranquilo. Para alguien acostumbrado al frenético ritmo urbanita resulta curioso cómo discurre todo. Los tiempos están delimitados por la voluntad del sol. Durante el día la gente se refugia en el frescor de sus maravillosos patios o en lo clemente de bares y colmados. Al mediodía el pueblo enmudece. Los perros buscan la sombra. Es hora de siesta. Nuestro amigo nos tenía que dejar en esos momentos para volver al trabajo. Jackerouack cerraba las contraventanas de los balcones y acercaba un pequeño ventilador eléctrico a la mesa. Cuando nuestra vista se había acostumbrado a la penumbra comenzaba la lectura del libro. Nos absorbían las imágenes que el texto nos sugería. Recuerdo cuando llegó a Extremadura. En mi cabeza aparecían fotogramas de Buñuel. Las Urdes en colores dentro de mi cabeza se planteaba como una especie de viaje iniciático. El viaje era inevitable. La fidelidad y la pasión en lo que sé contaba nos hacía perder la noción del tiempo. Estábamos pasando por Ronda “…todavía de marcado aspecto árabe,…” cuando nuestro amigo volvía del trabajo. En ese instante era como si se acabara de marchar. Cortaba unos generosos trozos de la paletilla y sacaba de la nevera cerveza y agua fresca. Una vez decidido el plan hacíamos noche en una terraza charlando con algunos vecinos del lugar. Era gente joven, hospitalaria a la vez que inquieta por las impresiones de los forasteros. Así pasaban los días. Lentos.
Una de esas tardes en que nuestro amigo regresaba del trabajo, aprovechamos la caída del sol para acercarnos dando un paseo al castillo. Al margen del valor histórico que poseía aquel cerro, me sorprendió una información que yo no tenía. Aracena es una población nacida sobre una inmensa cueva. El suelo que pisábamos era hueco. Las cuestas, los recovecos, la altura de las viviendas,… todo allí es un capricho de la cueva. Intentaba entonces imaginarme cómo sería el envés del suelo que pisaba. No podía evitar imaginármelo en cada lugar al que íbamos. Se convirtió en una pequeña obsesión. No podíamos de ningún modo marcharnos de allí sin visitar la gruta. Lo hicimos una mañana calurosa. El piso de nuestro calzado se deshacía por momentos. Compré un sombrero de panamá en una tienda salida de la nada. Estaba allí a propósito para que yo cubriera mi cabeza. A la entrada le habían dado un toque turístico con muebles de estilo castellano y luces repartidas a lo largo de los primeros pasillos que creaban falsos espacios. Mis expectativas eran enormes, casi tanto como mi claustrofobia. Pero aquel era un lugar que sobrepasaba cualquiera de mis miedos. Un viaje improvisado había dado con mis huesos en un lugar mágico. Mi obsesión se había dado la vuelta como a un calcetín. Intentaba ubicar cada punto de la cueva con su par en el exterior. Al final llegué a la conclusión de que era imposible. El espectáculo captaba toda mi atención. Las galerías se iban abriendo en formas cada vez más sorprendentes. Miraba hacia su techo e imaginaba un suelo maleable, una realidad geológica con vida propia que condicionaba el funcionamiento de todo lo que ocurría arriba. Las paredes tomaban vida propia y exhalaban en nuestras caras su fría humedad. Jackerouack y yo nos pusimos al frente del grupo. Seguíamos al guía. Era un tipo tranquilo y amable. Contaba con moderada pasión algo que ya había repetido miles de veces. El tipo caminaba sosegado y en silencio hasta la siguiente parada, la siguiente explicación. En esos paréntesis la sensación de inmensidad se multiplicaba. Entonces, en esa inmensa soledad, la luz de los pasillos iba bajando su intensidad y me sentía sólo. Bebía de esa magia que se esconde por todos y cada uno de los rincones de Aracena y que, irremediablemente, te acaba llevando a su cueva. Es su propio corazón. Es un órgano interno que mantiene la vida que surge como por casualidad sobre su piel. Los accidentes naturales de sus vísceras adoptan las más increíbles formas. Y el visitante pierde su tiempo imaginando realidad mientras ella la hipnotiza y le posee durante el tiempo que pisa sus entrañas. Crees seguir su columna vertebral pero ignoras que Aracena es cambiante. Las metamorfosis urbanas sólo son posibles en lugares como éste. De repente se queda dormida y vuelve a mi imaginación el bueno de Elisée. ¿Conocería la cueva? ¿Entró en ella? ¿Fue devorado en una de esas tardes de fuego? Si conocía la cueva, ¿por qué no la menciona en sus geografías? Salimos de su interior y el sol sigue abrasando. El “panamá” y las gafas de sol son sólo simples parapetos. Gustoso hubiese dado marcha atrás. Dentro de ella te sientes seguro. Pero te escupe y te obliga a volver a la corteza de este mágico delirio. Quizás por eso mismo Elisée la amaba y la odiaba. Para mí ambos están estrechamente unidos. Con la cueva se cierra un curioso círculo de sorprendentes casualidades. El viaje, la casa, el maestro al que nunca llegué a conocer, las lecturas intemporales, un castillo rodeado de leyendas, … Pero en realidad las cosas bellas no son casuales.

martes, 10 de marzo de 2009

Elisée Reclus y el maestro


En estos días de reordenamiento espacial regresan a mis manos objetos que están cargados de una enorme fuerza emocional. Estaban afinados en un rincón ocupando su lugar. Ha habido que desempolvarlos de su exilio metafísico y de su emigración física. Hay uno de ellos que está acompañado de una bonita historia. Se trata del volumen dedicado a Europa de la Geografía Universal de Onésimo y Eliseo Reclus. Durante las vacaciones de verano de hace un tiempo mi buen amigo jackerouack y yo hicimos un viaje a la bellísima localidad de Aracena (Huelva). Íbamos a visitar a otro amigo que, arrastrado por uno de sus impulsos amorosos (a posteriori infructuoso), se había instalado allí. Le había alquilado una céntrica casa a un maestro de la localidad. Fue una suerte para él encontrar a este casero tan especial. No tuve la fortuna de llegar a conocerle personalmente, pero las cosas que en la casa hablaban de él lo hacían muy bien. En la parte trasera de la puerta del baño se podía leer escrito a carboncillo: “TEMA 5: Sólo el cariño puede superar cualquier dificultad”. Aquel espacio estaba repleto de agradables sensaciones. Había dejado en manos de nuestro amigo objetos que eran parte de su vida. Bajo su tutela tenía pedazos de honestidad y generosidad. En una de las habitaciones descubrió jackerouack una colección de libros con aspecto antiguo. Eran seis volúmenes encuadernados en piel de color vino burdeos con sus páginas amarillentas. La espontánea inquietud de jackerouack le hizo adorar el hallazgo antes de haberlo abierto. Los resultados superaron a las expectativas con creces y durante las calurosas sobremesas jackerouack leía en voz alta extensos fragmentos de aquella joya. A mi vuelta a Madrid empecé a buscar por lo menos el volumen dedicado a Europa. Por fin di con él en una librería de la calle Ibiza. Por desgracia para jackerouack no he conseguido encontrar otro ejemplar. Aunque él sabe que puede contar con el mío como si fuera suyo.
Hoy he desembalado uno de los paquetes de mi demorada mudanza y ha aparecido. Me han venido a la memoria la librería de la calle Ibiza, la casa, el maestro, nuestro amigo y jackerouack. Todos son bellos recuerdos. Pero curiosamente la lectura del libro nada tiene que ver con ellos. Afortunadamente las páginas sorprenden por si solas. Hay una excepcional introducción de Blasco Ibáñez a este primer volumen. Hace un repaso a la biografía de la familia y en especial a la de Elisée. Además la obra ilustra las palabras de estos geógrafos con grabados del inigualable Doré. El lenguaje de Blasco Ibáñez y el de los hermanos Reclus evoca a los grandes narradores del siglo XIX. Es un siglo convulso, recluido en un mundo de tópicos, castigado por los formalismos del Antiguo Régimen, condicionado por la disciplina moral y por lo políticamente correcto. Pero el tiempo nos ha demostrado que Robert Schumann dispuso de más libertad de la que se le suponía, que los realistas eran unos locos visionarios y que las revoluciones liberales no eran hechos casuales. La vida de Elisée Reclus hace pensar en todo eso. Relata Blasco Ibáñez que de 1855 a 1857 recorrió la América del Sur, muchas veces solo y a pie, por regiones despobladas, sufriendo inauditas privaciones, estudiando de cerca la naturaleza virgen. (…) Era el mes de Diciembre de 1851. Luis Napoleón, presidente de la República, acababa de dar el golpe de estado proclamándose dictador. Víctor Hugo en París, y otros en provincias, intentaron sin éxito una protesta armada contra este atentado que mataba la República. En Orthez los hermanos, Elías y Eliseo, llamaron al pueblo a las armas y quisieron asaltar la casa del Ayuntamiento(…) Al hacer una salida los batallones de la Comunne (La Comuna de París), Eliseo Reclus, que iba con ellos como simple voluntario, fue hecho prisionero por las tropas del gobierno de Versalles en la meseta de Chatillon. El sabio marchaba con sus camaradas por solidaridad, llevando el fusil descargado, dispuesto a morir antes que disparar un tiro. (…) No podían fusilarlo pues estaba probado que no había hecho armas contra la tropa, pero lo condenaron a prisión perpetua. (…) Después, en el presidio de Queleru, donde estuvo siete meses, organizó una escuela en la que enseñaba a sus compañeros que iban a salir deportados a Nueva Caledonia, la lectura, la geografía y el inglés, preparándoles así para las duras necesidades del destierro (…). Entre otras muchas anécdotas de su biografía Blasco Ibáñez cita como en el campo de batalla puso en marcha el sistema de las palomas mensajeras o como en todas y cada una de sus aventuras científicas levaba vida de vagabundo, durmiendo en las cunetas y alimentándose de lo que encontraba o de lo que la buena voluntad de la gente le proporcionara.
He tenido la tentación de citar algún fragmento de la obra. Pero he creído que era más necesario presentar al autor. He dejado incluido un enlace con los apuntes que hace Wikipedia a la vida de Elisée. Me parecía pertinente dedicar otro título a las citas de la obra. Me fijaré exclusivamente en los capítulos que dedicó a la península ibérica. Salvando lo literario del relato de Blasco Ibáñez, han sido probadas todas y cada una de las historias que de Elisée se contaron. Lo que más llama la atención de este personaje (si es que se puede destacar algo sobre el resto) fue la generosidad y la calidad humana. Por eso, contrariamente a lo que he comentado antes, este libro y su texto me recuerdan necesariamente a la casa, al maestro, a mi amigo y, por supuesto, a jackerouack.

viernes, 20 de febrero de 2009

Santos varones, tiranos suicidas y otras ocurrencias



Han sido muchas las ocasiones en que he tenido la voluntad de comenzar un trabajo más o menos completo sobre un fenómeno que siempre ha llamado mi atención. La historia mediática e institucionalizada, es decir, instrumentalizada, nos ha presentado los acontecimientos en el punto necesario para que los receptores la interpretásemos como era debido. Aquí adquiría más importancia aquello de que los personajes hacen la historia. A menudo se ilustra un momento de la misma con la importancia de sus personajes. La óptica suele ser unidireccional: héroes y villanos. Los buenos son muy buenos y los malos también. Mi fuente de inspiración era de lo más alternativa pero siempre en el mismo sentido. Sentía la necesidad de desmitificar a ciertos personajes que han pasado a la historia como ejemplos de conducta en la que reflejarse toda una generación. El punto de vista iba desde los más internacionales hasta los casos patrios. Se me venían a la mente biografías ocultas como la de Churchill. Quería desenmascarar al autor de tantas y tantas citas que copan nuestras agendas y revistas varias. Me acordaba de los artículos de Goytisolo sobre la dudosa laicidad y benevolencia libertaria del Viejo Maestro Tierno Galván. Estos dos primeros ejemplos han sido entendidos, desde el lugar que ocupan en nuestra propia historia, como claros ejemplos de conducta y moral cristiana. Era un trabajo arduo para un simple blog. Al final se convertiría en un trabajo basado en la anécdota y en las múltiples hipótesis en que la historia sobre la que antes hacia referencia se ha ocupado en convertir. El ilustre británico pasará, de todos modos, como el ejemplo de templanza y buen hacer político y no como un genocida que basaba su política exterior en la recuperación de los ideales coloniales e impositores de la supremacía británica. Todo esto se escapa al alcance de las retinas que tienen la concepción de ese señor que fumaba puros como un ejemplo de bondad y virtud. En el caso de Tierno Galván la cuestión no es tan escandalosa ni grandilocuente. Siempre nos quedará el recuerdo del alcalde de la Movida cuando su vida privada rezaba más en capillas no tan revulsivas como de la que hacía gala ser uno de sus más importantes símbolos. Y ciertamente así fue porque el análisis edulcorado de la sociedad española de los últimos veinticinco años así lo ha querido.

Haciendo un análisis mucho más sincero me doy cuenta de que este trabajo no verá la luz por una simple cuestión de pereza. A esto le uno dos nuevos acontecimientos. El primero de ellos es un redescubrimiento extraordinario. Se trata de un documental que narra facetas de la vida privada de cuatro dictadores del siglo XX: Stalin, Mao, Hitler y Franco. Cada capítulo es una secuencia de imágenes de archivo en que aparece el personaje en cuestión y sobre las que él mismo narra los avatares más personales en primera persona. Este documental y la intencionalidad de haber hecho algo más serio con mi anteriormente citado proyecto, me hace llegar a la conclusión de que lo más positivo de todo esto ha sido la necesidad de estudio que ha generado en mí. Este sentimiento es el que en realidad me hubiese gustado promover en mis pocos lectores. El segundo de los acontecimientos se da hace pocos días. He estado releyendo una obra principal de mi biblioteca. Me estoy refiriendo a El Imperio de Ryszard Kapuscinski. En uno de sus capítulos describe los campos de concentración siberianos creados en el periodo estalinista. Dentro de la descripción del horror que acabó con millones de disidentes y otros infelices el periodista polaco ilustra algo que me hace pensar. Dentro de una estampa desoladora habla de los verdugos como seres desproporcionadamente crueles en un punto geográfico cruel por definición. En Magadán y Kolymá había ciento sesenta lagers o, como también se les suele llamar, campos de la muerte árticos. Más adelante le dedicaré otra entrada a este tema. Citaré una parte de este capítulo para que se entienda mejor lo que después intentaré explicar brevemente. Dice Kapuscinski: "El 1 de diciembre de 1937 Berzín es llamado a Moscú. Stalin ha decidido que, a pesar de todo, este verdugo había procedido con demasiada suavidad, por lo que ha ordenado detenerlo y fusilarlo. En su lugar, el mismo 1 de diciembre llega a Magadán el barco Nikolai Yézhov, que trae dos nuevos mandatarios de Kolymá: el director dle Dastroy, coronel Karp Pávlov (se suicidó de un tiro en 1956), y su segundo, el jefe de los campos de la muerte de Kolymá, coronel Stepan Garanin. Garanin tiene treinta y nueve años. Vivirá un año más. (...)". De Garanin se cunetan historias que sólo podríamos imaginar en la ficción cinematográfica. "La puerta del lager abierta de par en par. Y él entra con toda su columna: unos cuantos sedanes y otros tantos camiones portando sus guardaespaldas personales. Se baja del primer coche, y la corte en un abrir y cerrar de ojos se apuesta a ambos lados. Todos con su mauser y vestidos con chaquetas de piel vuelta. Él, con un abrigo de piel de oso. El semblante airado. la mirada borracha y pesada como el plomo. El jefe de nuestro lager, comandante de rango, se le acerca corriendo y con voz temblorosa le transmite el parte: -Camarada comandante de la USVITLag del NKVD. La sección operativa del lager está lista para la inspección. -¿Hay aquí presos que se escabullen del trabajo? -Los hay. Contesta con temor el comandante. Y avanzan de la fila unos doce hombres. -Conque no queréis trabajar, ¿eh?¡hijos de puta! Y ya está blandiendo en la mano una pistola. ¡Pam!¡Pam!¡Pam! Ha abatido a todos. A quien aún se movía lo remataba la corte. -¿Y hay batidores de récords, los que superan la norma?¿Obreros de vanguardia? -Los hay camarada comandante de la USVITLag del NKVD. Toda una fila alegre y contenta de obreros de vanguardia.éstos no tienen nada que temer. Garanin se les acerca, siempre con su corte, sin dejar de blandir su mauser con la recámara vacía. Sin darse la vuelta, lo entrega a sus cortesanos. De ellos recibe una nueva pistola, cargad, que guarda en su vaina de madera, pero no quita la mano de la culata. -Conque obreros de vanguardia, ¿eh?¿Sobrepasáis la norma? -Sí. Le contestan. Y él vuelve a preguntarles: ¿los enemigos del pueblo sobrepasan la norma? Vaya... ¡Malditos enemigos del pueblo! Hay que eliminar gentuza como vosotros... Y otra vez ¡Pam!¡Pam!¡Pam! Y de nuevo una decena de hombres yace en un charco de sangre (...)". Es curioso como en cuanto leo el final de Pávlov aparece en mi cabeza la imagen del supuesto Hitler muerto entre los escombros del búnker. "Se ha suicidado junto a Eva Braun", concluye todo el mundo. Si esto hubiera sido así tomaría de nuevo forma la peregrina idea del proyecto narrativo-ensayístico. Los tiranos que se suicidan y los que no. Los segundos pueden no hacerlo por varios motivos. Puede que sean ajusticiados por sus crímenes (Ceaucescu), mueren enfermos, casi siempre por una extrema longevidad (Franco) o gozan del beneficio de un retiro acordado con sus benefactores como premio a los servicios prestados (Pinochet). Habría un cuarto caso que sería el de aquellos que simplemente mueren por diferentes circunstancias en el ejercicio de sus tropelías. Pero los que más poderosamente alertan mi atención son aquellos que se suicidan. Y aquí sólo me detengo en dos supuestos. El primero, el miedo a ser atrapado y ejecutado (¿Hitler?) y, segundo, la inmensa carga de la culpabilidad. Este último estaría protagonizado casi siempre por los colaboradores de los grandes capos de las fatalidades históricas. Porque no puedo imaginarme la posibilidad del arrepentimiento en cualquiera de estos perturbados. Por lo tanto todo se reduciría a una cuestión de valor. No obstante se me ocurren muchas otras posibilidades como fruto de un análisis menos estricto. Las circunstancias en que se encontraban los dirigentes de los lagers eran, salvando las distancias obvias con sus víctimas, como para volver loco al más pintado (Desde la misma mañana he experimentado una extraña sensación de abatimiento. Me ha parecido de pronto que a mí, el solitario, me abandona todo el mundo y que todos me dan la espalda. Naturalmente, cualquiera tiene derecho a preguntarme: ¿y quiénes son esos todos? a pesar de que llevo ocho años viviendo en Petersburgo, apenas si he sabida trabar conocimiento con nadie. -F. Dostoievski, Noches Blancas-) En cualquier otro ejemplo la presión de un poder nacido de la soberbia y de la falta total de escrúpulos sólo puede tener como desenlace el desequilibrio emocional.


Esta retahila no tenía otro fin que demostrar desde mi propio ejemplo, cómo la inquietud cultural puede nacer de la curiosidad más cotidiana. He de citar, desde este improvisado comienza, a mis pocos lectores, a una futura serie dedicada a Kapuscinski, a su óptica del mundo y las relaciones humanas y de mi propia interpretación de todo esto.

domingo, 11 de enero de 2009

Miedo en la postmodernidad


Últimamente bulle en mi cabeza con mucha presencia algo que sentenció un momento delicado. Se le tiene miedo a la vida. El mensaje nos lo mandaba alguien a una muestra de población concreta. Y desde entonces peso cada día mis fobias para tomarlas menos en serio. Quien sentenciaba entonces también pesa las suyas a diario. El caso es que el tipo conserva una línea envidiable. Quizás sea genética.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La chica de Badajoz

A menudo me acuerdo de ella. Comienza la noche y somos pocos los parroquianos que damos calor al pequeño local de Stefano. Aparecen discretamente y saludan al anfitrión. Se conocen. El chico, por lo menos, le conoce. Presenta a la chica. Es morena. Es delgada y la media melena oculta un rostro dulce y diferente al de cualquier mujer. No hay coincidencias con nada que haya visto antes. Es bella en su discreción: bellísima, para mí. Pienso que son pareja y procuro escurrir mis miradas para no ofender a nadie. Pero no puedo evitarlo y me arriesgo al oprobio. Charlan ajenos al lugar. Parece que tienen mucho que contarse y se miran con una luz especial en los ojos. Eso me hace pensar que están recordando cosas bonitas. Me monto una película rara que no viene al caso. Stefano se dirige a él interrumpiendo, como sólo lo hacen los caballeros, tan íntima conversación. Se sonríen y lo que se cuentan parece traerles buenos recuerdos. Con gestos romanos el latino corta el diálogo y sale de la barra en busca de algo. Se mete en el almacén y sale con el estuche de su guitarra e, inmediatamente, se la ofrece al chico. La afina con dotes de experto músico y comenta algo con su compañera. Al cabo de unos insistentes segundos ella accede a algo que el resto aún desconocemos. Stefano solicita entonces nuestra atención para presentarnos a Gabriel Mirelman. Gabriel Mirelman, a su vez, nos presenta a Mili Vizcaíno. Creo que comenzó con unos acordes de jazz. Quizás lo hiciese con bossa nova, qué más da. Lo que sí es cierto es que era un sonido límpido, obviamente, poético y de esos que hacen enmudecer. Ella se desabotonó el abrigo y, suavemente, empezó a tararear. Mil sensaciones comenzaron a recorrer mi cuerpo de melómano y mi corazón de hombre. No recuerdo ahora cuáles son los ángeles que cantan o si lo hacen todos por formación. Lo de Mili era distinto. Los matices de su voz eran un golpe de dulce calor. Tenía la expresividad de los que lo hacen de veras. Era algo que jamás podré olvidar.

Es muy discreta. Reservada, parece. Encantadora, por supuesto. Los dos juntos fueron una de esas bellas improvisaciones de las noches inesperadas. Son dos para esto, que es mucho. Gabriel dejaba entonces las cosas del amor a otra bella mujer que más adelante conocí. Ahora que sé quién es la misteriosa chica de Badajoz, investigo de vez en cuando en la red siguiendo su rastro. Sé que ha estado de gira con Miguel Bosé (hay que vivir y este mundo suele ser injusto en estas labores). Pero me gustaría descubrirla un día en un histórico café, con big band o con Gabriel, como se hacen estas cosas de la música. Sea como sea, siempre será un regalo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Babel


Viajo de nuevo a la Babel de mis inseguridades
para borrar las huellas del antiguo camino,
con un equipaje no apto,
con ansia e incorrección.

Abro la veda convencido del éxito,
cuando alguien dispara primero
en el intervalo de los preparativos
que el día reclama a gritos.

Se queda seco entre sus manos
el fruto que vino a buscar
entre sarmientos y ramas
que espesan zancadas de ignorado desenlace.

El ahogo de las frentes resecadas
por un sol que se asevera por metros,
recuerda a los hombres el olor a leña quemada,
la vuelta a hogares extraños.

Cítricos cielos rodean las cabezas
descubiertas de dudas cautelosas,
con los pantalones mojados,
pesados de remiendos.

Así se hace duro el sendero:
las piernas se cargan de foráneo barro
y las botas pierden el nudo seguro
entre esta jornada y la que viene.

Pero en la duda se hace el camino
más certero que recto,
y más letal que este abismo
abrupto de esperanza.

jueves, 16 de octubre de 2008

My Favourite Things

Stefano quiere ser discreto. Nada le incomodaría más que ofenderme. Escucha a Madeleine Peyroux porque yo se lo recomiendo. Le parece bien, simplemente. “Es muy correcto técnicamente”, disimula. “Está bien”. Empiezo a recular porque intuyo que algo nuevo voy a aprender. Stefano es una de esas pocas personas a las que dejo hablar convencido de que en sus palabras encontraré nuevas respuestas y divinas dudas. Con gestos latinos y acento romano gira su mano hasta que se da cuenta de que estoy esperando una afirmación. Me inquieta y, poco a poco, creo poder reproducir en mi cabeza todo aquello de lo que, estoy seguro, me va a hablar. Sé que me va a hablar de Diana Krall o de Norah Jones. De su corrección académica y de la limpieza de sus fraseos. Pero también me va a hablar de lo vacío de su eco. Va a hacerlo de la inexpresividad y de los malos años de la música. Esto se acaba. Vuelvo a somatizar el nuevo magisterio y me voy hasta los crooners y hasta el bueno de Nat King Cole. “Y, ¿el swing?”, consulto recordando aquello que afirmaba Gabriel Mirelman cuando nos hablaba del “pop” del jazz. Piensa que no se está expresando bien, no que yo no le entienda. Su humildad no le permite violentarse con mi acelerada necesidad de respuesta. Lo entiendo perfectamente. A mi cabeza llegan imágenes de músicos historicistas redescubriendo a Corelli, a Francoeur, a Couperin, a Rameau, a Buxtehude,… Los Kuijken, van Immerseel, Schoonderwoerd, Dumestre y otros muchos me aproximan en el tiempo a la certeza que Stefano quiere compartir. Volvemos al jazz y finalmente aparece Chet Baker. Está completamente borracho y ha perdido la mayoría de los dientes. Ha dejado atrás la época del sombrero tejano y mucho más la de los trajes grises. Conserva la brillantina en el pelo y los años en el metal y en la voz. Aparecen Betty Carter, Carmen McRae, Oscar Peterson, Charles Mingus, Chano Domínguez, Renaud García Fons, Uri Caine, Carla Bley saltando en el taburete de su piano, Carles Benavent, Bill Evans, Count Basie, Django Reinhardt como un pincel, los brasileños, los amigos de Piazzola, Coleman Hawkins, los timbaleros, los africanos del blues y la kora, los verdiales malagueños, los cafés de París, los dedos de Paco cerquita del puente, Louis Armstrong, Kurt Elling con el pelo suelto, los hermanos Marsalis, Anita O’Day mandando callar al respetable, Johnny Hartman y sus cosas favoritas,… La cabeza me arde de satisfacción. Todas las emociones sonoras que han pasado por mi vida se recrean en mi llamada de atención. Es un lenguaje imperfecto, como nosotros. Lady Lay canta tirada en el suelo porque no sabe decir las cosas en otro tono. Los grandes expresan el mundo de ese modo. Yo lo sé. Me encanta que me recuerden, de vez en cuando, las maravillas acústicas, la dicha de tenerlas, saberlas y sentirlas. Deja de hablar y aprieta los labios. Eleva el bigote y me sonríe esperando algo que añadir. No me queda más que abrazarle de satisfacción.

Exentos


Hace unos días que me encontré con un crítico literario al que hacía años que no veía. Nuestro encuentro queda resumido en los tratados de cortesía y buenas costumbres. Algo hay de protocolo silenciado, creo yo. Pero esa es otra historia. De toda nuestra conversación no me sorprendió nada. Únicamente me sentí molesto cuando, como de costumbre, se posicionó en una postura militante. “Gamoneda”, decía, “es un poeta sobrevalorado”. No sé si ya he mencionado en este blog mi nueva intención de no acalorarme en el seno de discusiones que sean fruto de los complejos, las carencias y las obsesiones de mis interlocutores. De nuevo era una cuestión política el caso del Cervantes de Gamoneda. Pero en esta ocasión era más cosa de la geografía. El sentido de la muerte del poeta no era del agrado del crítico. Creo que a él le entusiasman más los poemas sobre las estaciones del año, la caída de la hoja y los trabajos de Heracles sin taparrabos. Me siento molesto cuando huelo maniqueísmo en las consideraciones categóricas. Es aquello de la relatividad de los términos en un campo más vanidoso que crítico. El nepotismo es el origen de todos los males. La discreción del dotado frente a la agonía existencial del desasistido. Me aburre la repetición de los mismos discursos. A lo mejor es que a Gamoneda le ha hecho grande el poder actual. Pero creo que peor que la repetición retórica es la variedad de orígenes y circustancias que los generan.

No es la materia la que pacifica;
es la modulación, la voluntaria:
el vientre solidario del cuchillo,
las débiles cabezas, las unánimes,
y sus labios; la física dulzura
que entra despacio al corazón y habla.

sábado, 30 de agosto de 2008

El grito de la gárgola


Hay un halo de inexactitud en esta visión. Nada es lo normal que tendría que ser. El silencio tiembla bajo mis pies de un modo un tanto inquietante. Las ausencias nunca son cómodas y menos cuando llegan sin avisar. Se come la noche cacereña desde su postura preeminente. Llora sobre los caminantes y pide con sus fauces bien abiertas que la dejen sola. Pero aún no sé muy bien porqué implora esa extraña penitencia. Marca el final de un camino con indecisión en la continuidad. Sin embargo, está segura de su clausura pétrea y mural. Creo que empiezo a envidiarla un poco. Se hace invisible ante las miradas de lo obvio. Se concreta en lo humano y lo divino bajo el veredicto de sus propias inquietudes.
El viento se hace grave al doblar las graves esquinas. Erosiona con su voz de bajo el soporte de mis sendas. Por mucho que lo intento en lo oscuro de mi obsesión, no consigo que de un poco de luz a esta costumbre de postrarse sobre sus descarnadas desgracias. Intento entenderla y colocarme en su incómoda posición. Parece querer desgarrarse de su porosa materia. No puedo evitar preocuparme por ella. Sé que si lo hace dará con sus huesos en el suelo de la ignorancia. Pero, ¿qué es peor que vivir atado a una piedra? Hay algo de andrógino en su triste mirada. Hay un reflujo de asexualidad en su expresión. Por eso la quiero. Sé quién puede ser. Sé que puedo ser yo mismo. Y en esa ácida incertidumbre siento su cenital aliento calentando mis hombros. Es una última llamada de socorro porque se ha dado cuenta que se descompone con el paso de los siglos. El tiempo se acaba y no hay salida. Los callejones de la vieja encrucijada pierden el calor del sol y se hielan en la negrura del sueño eterno.
Se reconoce sobre el reflejo de los cantos del suelo y se da cuenta de que ha pasado algo extraño. Sus compañeras de pared se han oscurecido bajo la sombra de las hiedras y las aledañas fachadas. Su gesto también es agónico. Pero por desgracia, ellas conservan los rasgos. La mía, por fortuna, ha perdido el velo del paladar a cambio de una bóveda celeste.

martes, 8 de julio de 2008

Las cosas de Jackerouack


El bueno de Jackerouack tiene la extraña costumbre de coleccionar cotidianidad. Quizás influya el hecho de que naciera en los límites de la urbanidad. Recorta trozos de verdad, de verdad a medias o de deseos de certeza. Cada día es un collage de inquietud que almacena con escrupuloso orden en las baldas de su disconformidad. Pero más allá de lo estrictamente material se trata de una retahíla de acontecimientos a los que pone fecha para que, en apariencia, sean diferentes al resto. Y digo en apariencia porque en esencia no son más que otra repetición de esa necesidad diaria como para otros son el alimento o el sueño. Jackerouack duerme poco y come mal. En compensación apila recortes de prensa en inimaginables espacios que reducen el angosto volumen y redecoran un día tras otro las habitaciones de su torre. Se revuelve ante lo absurdo desde la erudición. Plantea pacíficas diatribas desde la premisa exacta y con la tertulia tibia. Es consumista de lo útil, de lo rutinario y de lo fugaz, quizás por ser hijo de la estrechez. Con la vista de un horizonte árido de periferia, Jackerouack confecciona historias para apasionados, para descreídos, a medida para incrédulos, para críticos, para románticos, para nostálgicos y para él mismo.
En una de las estanterías de mi cuarto hay una figura de madera muy popular que él también tiene. Es ese hombre sentado, con las piernas cruzadas que cubre su cara con las manos. Es una imagen un poco inquietante por lo que, de vez en cuando, le giro para que proyecte su desgracia a otro punto. Hace unos días miraba al frente. Esto me incomodaba porque me sentía observado por la talla. Para que me dejase escribir en paz le giré contra el tablero lateral del mueble. Ahora me recuerda al blog de Jackerouack. Todo el mundo sabe que está ahí. Aparentemente no es muy molesto, pero no nos atrevemos a mirarle por lo oscuro de su discurso. Y digo lo oscuro haciendo referencia a lo siniestro. Lo izquierdo como opuesto de lo diestro, de lo derecho. Contracorriente de lo normativo. Siempre le ha gustado azuzar conciencias desde ese rol casandriano que tanto le gusta y que ha tomado prestado de ejecutantes más efectivos. El éxito del suyo viene dado por ese rigor tan característico de las humanidades y del que Jackerouack es experto conocedor.
Me sorprendí rozando la emoción al ver el arduo trabajo que había hecho en esa nueva entrada. Sus palabras son sabios análisis ilustrados con las ideas de otros que comparten con él esa pelea con el mundo que nos ha tocado morar. Somos impotentes espectadores de la Era de la Globalización que montamos estas pataletas de vez en cuando para aplicarnos el bálsamo de la irreverencia en una sociedad educada en la cuadratura cerebral y en el vacío visceral.

Ahora, si queréis saber de qué hablo sólo tenéis que pinchar en cualquiera de las palabras jackerouack y, de paso, le echáis un vistazo al resto del blog, que vale la pena.